domingo, 3 de junio de 2012

El juego


                                 *no se tome literal, a menos que usted lo quiera*


Me levanté e inmediatamente sentí algo extraño, no había hastío. Al parecer desperté en una mañana boreal musicalizada con una melodía  de Miles Davis, por lo que me sentí motivado para jugar al enamorado. Intencionalmente quise extrañar tu perfume, ese que me golpeó sutil pero contundentemente; volví a sentir la suavidad de tu piel, aquella que intervino entre mi áspero ser y tu alegría inocente.

En el desayuno el juego continuó.  Te imaginé dormida en esos momentos, totalmente ajena mi mundo, y que, afortunadamente, no siempre fue así.

Mi día pasaba, y con él lo hacías tú. En el trabajo imaginé recibir noticias tuyas, de sólo pensarlo la cotidianeidad se hacía leve. Me sorprendí de mi juego porque lo que estaba haciendo era extrañarte. Antes maldecía las veces en las que echaba de menos a una persona. Hoy, hoy simplemente me decidí a disfrutarlo.

El juego me llevó a esperar ansiosamente el día que te volviera a ver, ignorando cuándo pudiera ser, lo apunté en mi agenda imaginaria con una pluma de tinta invisible.  Así sólo lo podría saber yo.

Quise añorar lo sugestivo de tu persona, lo insinuante de tu andar, las palabras no dichas por tus silenciosos ojos color luz negra. Juegos de luna llena, imágenes de curvas difusas dibujadas en las sombras que iban y venían a tu caprichoso antojo.

Me inventé testigos, cómplices que solaparían mi juego; personas que se alegrarían de vernos juntos y plenos. Desconocidos y viejos enemigos, todos estaban de acuerdo. Siempre lo estuvieron.

Llegó la noche y el juego acabó. No sabía si el día de mañana decidiría jugar de nuevo, o si tú también lo jugaste.  En todo caso no importa, porque lo disfruto.



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