*no se tome literal, a menos que usted lo quiera*
Me levanté e inmediatamente sentí
algo extraño, no había hastío. Al parecer desperté en una mañana boreal
musicalizada con una melodía de Miles
Davis, por lo que me sentí motivado para jugar al enamorado. Intencionalmente quise
extrañar tu perfume, ese que me golpeó sutil pero contundentemente; volví a
sentir la suavidad de tu piel, aquella que intervino entre mi áspero ser y tu
alegría inocente.
En el desayuno el juego
continuó. Te imaginé dormida en esos
momentos, totalmente ajena mi mundo, y que, afortunadamente, no siempre fue
así.
Mi día pasaba, y con él lo hacías
tú. En el trabajo imaginé recibir noticias tuyas, de sólo pensarlo la
cotidianeidad se hacía leve. Me sorprendí de mi juego porque lo que estaba
haciendo era extrañarte. Antes maldecía las veces en las que echaba de menos a
una persona. Hoy, hoy simplemente me decidí a disfrutarlo.
El juego me llevó a esperar ansiosamente
el día que te volviera a ver, ignorando cuándo pudiera ser, lo apunté en mi
agenda imaginaria con una pluma de tinta invisible. Así sólo lo podría saber yo.
Quise añorar lo sugestivo de tu
persona, lo insinuante de tu andar, las palabras no dichas por tus silenciosos
ojos color luz negra. Juegos de luna llena, imágenes de curvas difusas
dibujadas en las sombras que iban y venían a tu caprichoso antojo.
Me inventé testigos, cómplices
que solaparían mi juego; personas que se alegrarían de vernos juntos y plenos.
Desconocidos y viejos enemigos, todos estaban de acuerdo. Siempre lo
estuvieron.
Llegó la noche y el juego acabó. No
sabía si el día de mañana decidiría jugar de nuevo, o si tú también lo jugaste.
En todo caso no importa, porque lo
disfruto.

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